La compasión del Corazón de Cristo

“¡Vete al fondo de la Iglesia!”. Esta palabra que se me dijo hace ya más de cincuenta años,  quedó gravada en mi corazón y en mi memoria; ¿cómo me ha permitido descubrir la compasión del Corazón de Cristo?.

Por aquel tiempo, en mi pueblo, los niños asistían a la misa en el coro de la iglesia, y justamente allí, bajo la mirada de los adultos, aguardaban pacientemente mientras se desarrollaba aquella liturgia en latín. Entre ellos, como la mosca importuna del coche, una chiquilla de unos diez años sembraba el pánico molestando a uno, intentando hacer reír a otro, sin importarle la mirada desaprobadora de los adultos... hasta que el señor cura pronunciaba la palabra de condena... provisional: “¡vete al fondo de la iglesia!”.
¡Qué largo me ha parecido ese recorrido desde el coro hasta el fondo de la iglesia!: detrás de una sonrisa algo provocadora se ocultaba mucha vergüenza y la desesperación de la niña que andaba sola, y, desde hacía meses, un inmenso sufrimiento: nadie me había dicho que mi madre, que se fue al extranjero cuando yo era pequeña, había fallecido allí, ¡y cada domingo, en las peticiones, se mencionaba su nombre!. Un afecto profundo me unía a ella, aunque no tuviera demasiados recuerdos suyos, probablemente a causa de lo que se decía de mí: “Es una cría”. No lo entendía del todo, pero me sonaba a ofensa para mi madre y para mí... sobretodo por lo que añadían después: “¡No es capaz de hacer nada bueno!”.

Heme aquí, pues, al fondo de la iglesia: una sonrisa, una mano que se tiende para invitarme a sentarme, y de nuevo consolada, bien instalada cerca de una encantadora anciana, la abuela de mi padrino, que me tiende, sin decir palabra, un librito de tapas nacaradas...

Me gustaba tanto leer, que nunca me hice de rogar y descubrí con agrado las parábolas, las maravillosas historietas de la vida cotidiana, que le permitían a Jesús mostrar la ternura de su corazón, la del corazón del Padre, y su compasión por los más pequeños, los más golpeados.  Cuánto me ha maravillado este pastor que teniendo tantas ovejas las dejaba allí, en el desierto, para buscar la perdida entre los espinos... Y Jesús se hizo próximo, me enseñó que él era ese pastor que no puede permitir que se pierda una de sus ovejas... incluso, tal vez, en el caso de que ella lo tuviera bien merecido..., ¡como la chiquilla en el coro de la iglesia!. Y cada domingo, durante muchas semanas, tuvo lugar la misma escena; pero qué felicidad cuando resonaba en mis orejas el “vete al fondo de la iglesia”, que preludiaba un tiempo de gran proximidad a Jesús, un tiempo de complicidad podríamos decir, con Aquél cuyo corazón se inclina hacia los que parecen más distantes, que no se fija en las apariencias ni juzga según nuestros criterios...

Más adelante, al final de una adolescencia difícil, han vuelto a mi memoria las parábolas, ¡incluso sin desearlo!. Se me han tendido nuevamente manos que me han permitido, como antiguamente, tomar consciencia de la ternura, de la compasión del corazón de Jesús que nos une a través de nuestros hermanos y hermanas y nos invita a ponernos en camino..., ¡y he acudido a Issoudun!

“¡Ve al fondo de la iglesia!”. Esta frase se me presenta hoy como una palabra profética... Se me ha enviado a vivir esta ternura y esta compasión del Corazón de Jesús, en primer lugar, junto a los enfermos en los lugares comunes de antes, y luego junto a los alcohólicos y a las personas de barrios pobres que normalmente no entran en nuestras iglesias y tienen por lo tanto sed de juntarse. No estoy dotada para la “pastoral clásica”, pero quiero simplemente compartir la pasión de Jesús por los pobres, los marginados que tanto tienen que enseñarnos.

Lc. 15,8
“¿Qué mujer que tenga diez monedas de plata, si pierde una, no enciende una lámpara, barre la casa y la busca con interés hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra reúne a sus amigas y vecinas y les dice: “Alegraos conmigo, porque he encontrado la moneda que había perdido”.

Jesús ha multiplicado sus parábolas para ti , para que no dudes de su amor. Si tienes consciencia de ser un pecador, tienes una parábola que habla de un hijo pródigo: es difícil hacer peor lo que él hizo. Si tienes la sensación de haberte equivocado, está la parábola de la oveja perdida. Si únicamente crees que no estás hecho para grandes cosas, está la parábola de la moneda perdida y buscada con amor e inquietud... hasta que se la encuentra.  Es inútil quedarte en tu rincón, Jesús te ama demasiado, te ha buscado demasiado, sabrá entonces encontrarte bien.

 

 

Sentirme amado tal como soy  y como seré.

Por supuesto, yo he oído hablar del amor de Dios...Pero entre él y yo había una fosa. De estudiante, yo buscaba un sentido a mi vida: “Para qué vivir,  si eso supone una lucha encarnizada, la competencia está en todas partes. Hay que aplastar al vecino para triunfar. A nivel de países la proporción no es mejor, los más ricos se las arreglan para desembarazarse de lo molesto, dejando a poblaciones enteras en la miseria”.

Con todas estas preguntas a cuestas llegué a un retiro espiritual organizado por el instituto. Un pequeño detalle: sólo la mitad del grupo llegó a su hora. EI sacerdote empezó por una charla sobre la creación, una creación deseada por Dios, para revelarnos su amor...

Yo tenia dificultad para seguir las explicaciones... la experiencia destructiva del mal, y el engranaje de la vida de cada día, me seguían chocando. EI sacerdote prosiguió comentando la 1ª Carta de S. Juan: “Hemos conocido el Amor que Dios nos tiene, y hemos creído en él”. Y he aquí que llegan los tardones. Estaban bebidos. EI sacerdote va a su encuentro. Desde el corredor, escuchamos las explicaciones, el sacerdote les amenaza con mandarlos de vuelta al día siguiente, cuando se puedan mantener en pie. Y nosotros estamos de acuerdo: “Está en su derecho”.

En la primera conferencia de la mañana, el sacerdote nos anuncia que él no despedirá a nadie, que lo había meditado y prefería ofrecer a todos la oportunidad de vivir el retiro. En ese momento interioricé el texto de San Juan: “Hemos conocido el Amor que Dios nos tiene y hemos creído en él”. Este sacerdote acababa de mostrarme que la palabra de Dios puede habitar en cualquiera, esa proximidad con Dios le había permitido abandonar las sanciones, a favor de un camino nuevamente ofrecido desde la confianza.

Mis preguntas se habían desplazado, y el amor de Dios se hacía más accesible. En el encuentro personal con ese sacerdote M.S.C., con quien pude compartir mi vida, comprendí poco a poco que Dios me amaba a mí también. Este descubrimiento me dejó alegre pero perplejo: era demasiado bonito para ser cierto. Yo tenía miedo de que sólo fuera una ilusión. ¿Cómo puede Dios cambiar una vida, unos hábitos, unas situaciones bloqueadas? En el encuentro con este sacerdote he aceptado creer en el amor de Dios y me he comprometido a vivir una vida cristiana, con oración cotidiana, misa y acompañamiento espiritual por un año.

Un año más tarde, la alegría de vivir en cristiano me hizo reírme de mis precauciones, de mis resistencias. Quince años después, escribí esta palabra: “Hemos conocido el Amor que Dios nos tiene y hemos creído en él”,  en el compromiso de mi profesión religiosa. Esta palabra expresaba mi confianza serena en Dios. Hoy, me llena hasta el punto de provocarme a veces el vértigo ante la inmensidad de la misión: “¿Quién y cómo anunciará hoy esta palabra?”.

Algunos años después de ese retiro, aprendí que la decisión de no sancionar a los culpables  había sido el fruto de una áspera discusión comunitaria en la que las Hijas de Nuestra Señora del Sagrado Corazón rehusaron contrariar las decisiones masculinas. Signo de Dios para mí: la palabra necesita una comunidad de creyentes para encarnarse, para concretarse en la vida cotidiana.

Mt. 16, 1-3
Los Fariseos y los Saduceos le pidieron que les diera una señal de los cielos. Él les respondió: “Cuando llega la tarde, decís que va a hacer buen tiempo porque el cielo está enrojecido; y por la mañana, que va a hacer malo porque el cielo está ensombrecido. Así que sabéis interpretar el aspecto del cielo, ¡pero no sois capaces de hacerlo con los signos de los tiempos!”.

Dios te ama tal como eres, allá donde estés, en tu lugar; te habla y te llama a través de los pequeños acontecimientos de la vida cotidiana...¿Sabes reconocer el amor de Dios en lo cotidiano?.  Dios está siempre presente en las pequeñas cosas de la vida, mirándote con amor, esperando de ti un gesto de atención, un gesto de amor. Un niño pequeño no hace nada sin su madre: “Si no os volvéis como niños...”, decía Jesús.

 

 

HUMILDAD

Ser el Corazón de Dios en la tierra”: Es una bella fórmula, pero para saber cómo ser el Corazón de Dios en la tierra, hay que mirar a Aquél que era verdaderamente Dios sobre la tierra. Hay que ver lo que ha dicho, y lo que ha hecho, y cómo ha amado.

Sabemos que nuestro Salvador Jesús, el Hijo de Dios, se decía: ..."dulce y humilde de Corazón”. Hay que referirse sin cesar a estos dos adjetivos: dulce y humilde.

Después de numerosas reflexiones y experiencias,  pienso que es la palabra humildad la que expresa mejor la espiritualidad del Corazón.

Desearía que se hablara de ello más frecuentemente entre nosotros. Parece como si esa palabra, “humildad”,  nos diera miedo o nos produjera vergüenza.

Hablamos con mucha facilidad de caridad, y está bien, pero parece olvidarse que la humildad es indispensable a toda forma de caridad y de amor.

Pensamos que no hay amor verdadero sin humildad, porque la humildad es la base y la raíz. Para ser afable, o para reconciliarse, hay que ser humilde. Por algo Jesús ha unido las dos: la humildad y la dulzura. Esta última, la dulzura, es una de las más bellas formas de caridad, al mismo tiempo que una bella manifestación de la humildad.

Insistiré especialmente sobre la necesidad de la humildad para la reconciliación, pues todos sabemos que es necesaria y difícil. Y todos tenemos necesidad de reconciliación.

Jn. 13,12
“Cuando acabó de lavarles los pies, Jesús se vistió, se sentó a la mesa y les dijo: “¿Comprendéis lo que he hecho por vosotros? Vosotros me llamáis  Maestro y Señor y es verdad que lo soy. Así pues, si os he lavado los pies yo, el Señor y el Maestro, vosotros debéis también lavaros los pies unos a otros; pues es el ejemplo que os doy: lo que yo hice por vosotros, hacerlo vosotros también”.

Cuando hablamos a un niño, hay que bajarse, arrodillarse, para ponerse a su altura. El que no sabe hacerlo se priva de la alegría de una mirada, de un contacto verdadero. Un niño amado, hallado, puede aportar muchísima alegría y paz.
Ponerse al alcance de los otros, para aprender de ellos algo de la ternura de Dios... La alegría de un pobre (cualquiera que sea su “pobreza”)  no es por recibir sino por poder dar. Y cada pobre tiene algo que dar, a condición de encontrar más pobres que él. Hacerse pequeño con los “pequeños”, para aprender de ellos a encontrar a Dios.
“Los pobres, mis maestros...”,  decía San Vicente de Paul...

 

 

Ternura

La palabra que me viene espontáneamente a la mente es “TERNURA”

“Dios es ternura y piedad...”
“Tierno es el Señor para quien le invoca...”
“¡Alégrate!, pues el Señor muestra su ternura” (Is. 49,13)

Esta ternura manifiesta es para mi el rostro concreto del amor.

Pero esta palabra es inseparable de otra: sonrisa.

Podemos transformar nuestras relaciones mediante nuestra manera de ser.

Esto radica en una experiencia:
Las dificultades de relación con alguien me bloqueaban; las reacciones, incluso físicas, me impedían acoger: mirada huidiza, mutismo, tensión...

Durante mucho tiempo supliqué en la oración, pues era incapaz de cambiar. Ofrecí mi incapacidad. Durante un retiro recibí, como un regalo, el ser transformado en este aspecto, el poder relacionarme con esa persona no con tensión sino son ternura, y el sonreírle.

Estoy convencido de que el mundo cada vez tiene más necesidad de calor, de amor.
He probado a dirigirme a las personas con esta ternura que llevo en el fondo de mí. Veo que se expresa casi siempre con una sonrisa.
Pero una sonrisa sólo lo es cuando es acogida.
Esta sonrisa puede despertar la del otro, despertar su ternura. Lo constato cuando las miradas se iluminan, cuando se calman las tensiones.

Tengo la encomienda de hacer visible al Dios hecho carne. Dios quiere tener necesidad de mi para revelar su ternura, para continuar amando con un corazón humano.
¡Heme aquí, Señor!. ¡Envíame para poner un rostro al amor revelado en tu corazón!.

Mt.5,15
“No se enciende una lámpara para ocultarla debajo de una vasija, sino para ponerla  encima del candelero, para que alumbre a todos los que están en la casa. Brille de tal manera vuestra luz delante de los hombres que, al ver vuestras buenas obras den gloria a vuestro Padre que está en los cielos”.

Una sonrisa sólo lo es cuando es acogida...”
A menudo se siente uno feliz de ser iluminado interiormente, de haber descubierto el amor de Dios. Pero esta luz sólo es verdadera si ilumina a los otros, si les hace descubrir a su vez la ternura de Dios. Mira a tu alrededor: ¿están iluminados todos?.  Sin duda, te queda mucho por hacer...

 

 

Vulnerabilidad

Para responder a las exigencias y atender los objetivos de la vida moderna, que son esencialmente vistos en términos de éxito socio-profesional, es preciso construirse un caparazón de invulnerabilidad que permita dejar de lado aquello o aquellos que nos molestan en nuestra carrera hacia delante. Esta invulnerabilidad nos recluye con mucha frecuencia en una profunda insensibilidad.

He conocido eso. He sido eso.

Y un día descubrí... que estaba en eso.
Ese día, ese reencuentro cara a cara conmigo mismo, lo he vivido cuando las personas que vivían la espiritualidad del corazón en el seno de una comunidad MSC me  han revelado el rostro del Señor. Se podía vivir de otro modo. Yo debía de vivir de otro modo.
Para mí, vivir la espiritualidad del corazón, es vivir en tensión permanente hacia el corazón traspasado de Jesús en la cruz. Es volverse vulnerable no por debilidad, sino por la fuerza del amor, al dolor del otro, lo mismo que a su alegría. Es sufrir con el que sufre y reír con el que ríe. Es estar allí, simplemente, presente a la escucha de lo que el otro me quiere decir. Y, por supuesto, a mi vez revelar a mi prójimo este Amor infinito del Corazón de Jesús abierto sobre la Cruz, como lo han hecho conmigo.

Lucas 19,6-10
"Zaqueo bajó rápidamente y lo recibió con alegría. Viendo esto, todos murmuraban diciendo:  “Se fue a alojar a casa de un pecador”. Pero Zaqueo, adelantándose, dijo al Señor: “Señor, voy a dar la mitad de mis bienes a los pobres, y a quien he exigido algo injustamente le devolveré cuatro veces más”. Jesús respondió: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa, pues en verdad también éste es hijo de Abraham. Y el hijo del Hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido".

Zaqueo sólo era  un pecador  para los fariseos. Se puede decir que él no era “religioso”. Era un hombre de negocios atareado, orgulloso de su éxito, de su bella casa, de su situación... ¡Y peor para los demás!. El encuentro de Jesús ha sido para él el revulsivo que le ha ayudado a poner las cosas en su sitio, y a anteponer las personas a los negocios. Y tú, ¿qué tienes que arreglar?... ¿A quién tienes que hacerle justicia, dándole todo el amor que le debes?. En tu entorno puede que pases por ser un débil, pero, como decía San Pablo: “Cuando soy débil, entonces soy fuerte”. (2Co 12, 10)

 

 

Fraternidad

La "Comunión Alano de Boismenu" es un lugar de resurgimiento y también de fraternidad. Ha tomado su sentido en términos de participación e intercambio cuando el centro Alano de Boismenu  recibió, en dos momentos (Julio y Octubre 97), dos grupos importantes en número y tuvimos que reforzar el servicio. He pedido días de permiso en mi trabajo para poder asegurar este servicio a tiempo completo durante los dos grupos, y lo he vivido con mucha alegría.

Mt. 18,19-20
" Así mismo, si en la tierra dos de vosotros unen sus voces para pedir cualquier cosa, estad seguros de que mi Padre de los cielos se la dará. Pues donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, yo estoy allí, en medio de ellos".

¿Has probado a unirte a un grupo ya existente o, mejor aún, has soñado en crear un pequeño grupo con algunos de tu entorno? Un grupo obliga a menudo a ir más lejos, a hacer más de lo que se había pensado hacer. Un grupo es también una experiencia fraternal de vida en común, de vida para los demás.
Pero un grupo, un equipo, una fraternidad, no es solamente para encontrar una ayuda para sí mismo; es también para ayudar y enganchar a los otros, a los que sin ayuda de los hermanos, quedarían al borde del camino.

 

 

Reconciliación

Para mi esta palabra representa lo esencial de la acción del Corazón de Jesús sobre el que se vuelve hacia El, y especialmente hacia su corazón abierto en la Cruz por nosotros. Cuando uno se abandona a este caudal de misericordia que se escapa de su corazón, cuando se confía en Él y se sigue su ejemplo, se siente que todo cambia en nosotros y que una paz profunda nos invade y desborda en todo lo que forma nuestra vida: nos reconciliamos con nosotros mismos, con los demás, con Dios; nada puede ser ya como antes. Esto es lo que yo he vivido en profundidad a partir del momento en que he descubierto los sentimientos del Corazón de Jesús por mi. Yo lo he experimentado, y por mi compromiso de laico MSC, quiero testimoniarlo.

Juan 15,9-10
"Como el Padre me ha amado, así os amo Yo: permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, así como yo permanezco en el amor de mi Padre guardando sus mandatos".

¿ Qué es lo que te impide todavía vivir el Amor de Dios?
Frecuentemente nos hacemos ilusiones buscando cosas para hacer de más, sin renunciar a lo que nos aleja del Amor de Dios.
Reconciliarse consigo mismo, ser "lógico",  antes de poder reconciliarse con el Señor y vivir de su amor y  su alegría.

 

 

La acogida

Mi día a día es “el otro”, eres tú, soy yo...
Es con el que nos cruzamos al que miramos... ¡muchas veces sin verle!
al que observamos...
Y el otro, posiblemente “molesto”,
entonces se encierra, se pliega en sí mismo,
se ve diferente, para aparentar, tal vez.   
Yo miro al otro
le veo, le sonrío
le escucho, lo acojo,

comparto...

Ésta es también mi compasión...

Lc.19,5
Cuando Jesús llegó a ese lugar, levantando los ojos dijo: “¡Zaqueo, baja pronto!...”

Mc. 10,21
Jesús le miró y lo amó.

¿Y si finalmente es la mirada lo único que cuenta porque es el principio de todo? Una vez que yo he sabido “ver” al otro, todo lo demás se encadena. Una mirada de amor dice más que grandes discursos; una  mirada indiferente daña más que las palabras. No me sirve de nada sacrificarme por el prójimo si no soy capaz de verle, de reconocerle. “Si un ciego guía a otro ciego, los dos se caerán en un agujero”, dice Jesús. (Mt 15, 14)
¿Y si tú probaras, antes de nada, a “mirar” a aquellos que crees conocer?

 

 

Amar en las pequeñas cosas

Es a la vez fácil y difícil de resumir lo que representa "vivir la espiritualidad del corazón hoy"  en una palabra  que esté unida a una experiencia concreta de vida. Para mi, laica asociada, la palabra que mejor traduce lo que trato de vivir es simplemente la expresión : "Amar en las pequeñas cosas".

Amar al Señor permaneciendo fiel y cotidianamente a la escucha de su Palabra, esta Palabra que me dicta hoy su voluntad. Es perseverar en la oración aún y sobre todo cuando es más difícil.
* En comunidad, amar a mis hermanos tal como son. Tratar de ser amable, sonriente, sobre todo con los que me irritan. Amar es estar atento a sus necesidades, a sus deseos. Es estar disponible, saber hacer pequeños servicios poco importantes pero que dan alegría a unos y a otros. Amar es permanecer en unión fraternal con los que momentáneamente se han alejado de la Comunidad, es comulgar con su misión, es rogar por ellos y por el vasto campo de sus actividades, y enviarles noticias de vez en cuando, un pequeño regalo, etc.
* Cuando estoy en mi casa, alejado de mis hermanos, amar es estar unido a ellos por el pensamiento, por la oración sostenida, prolongada. Es saber enviar una palabra, una llamada a los que han compartido conmigo sus dificultades o sus alegrías.
* Amar es también ser acogedor en mi entorno con las personas que encuentro. Es desear darles un instante de paz, de felicidad, de parte de Jesús. Amar es visitar a los enfermos, a las personas solas que están tristes.
* En fin, amar, de forma universal, es estar atento al mundo de hoy, permanecer a la escucha de los que sufren en nuestra casa o en otros sitios. Es compartir, pedir y responder tanto como me es posible a las asociaciones de ayuda a los desfavorecidos.
* Amar es sentirse solidario con cada hermano y hermana en humanidad. Es también aceptarme tal como soy, con mis muchas limitaciones, tratando de actuar con toda humildad, sencillez y paciencia, según los sentimientos del Corazón de Jesús. Para mi, vivir la Espiritualidad del Corazón es estar siempre en alerta.

Mt. 10,42 
“Así, el que dé, aunque no sea más que un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños por ser discípulo mío, os aseguro que no quedará sin recompensa”.

Mt. 25,38-40
“¿Cuándo te presentaste como forastero y te recibimos,  desnudo y te vestimos?  ¿Cuándo estuviste enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?” . Y el Rey responderá:  “En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con alguno de mis hermanos más pequeños, lo hicisteis conmigo".

Se sueña a veces con hacer una donación total de uno mismo, con encontrar una gran causa a la cual unirse, y en la que entregarse en cuerpo y alma... Y la aventura que Jesús nos propone es, ante todo, la de lo cotidiano.  
Todos los medios han reconocido la grandeza de la obra de la Madre Teresa. Pero, curiosamente, se les notaba molestos por no saber qué decir en el momento de su muerte... Alguien que la conoció explicaba: “La Madre Teresa recogía un pobre en el arroyo, le limpiaba, le cogía la mano durante horas... Lo ha hecho miles y miles de veces y no hay otros grandes hechos que contar...” 
¿Aceptas tú el no tener grandes hechos que contar? ¿Aceptas amar  miles de veces en las pequeñas cosas cotidianas?.

 

 

Trabajo

Me surge en el trabajo encontrarme frente a una compañera que no es simpática. De entrada, me digo que no le amo; más tarde, intento sonreírle; ella me sonríe.

Finalmente, para mí, la espiritualidad del Corazón es amarle, es hablar con ella, y  sentirme mal si esto no funciona.

La Enfermedad del Amor... Supliqué:

“Señor,  haz que nos sintamos enfermos, enfermos de Amor.
Haz que nos veamos atrapados por esta enfermedad, hasta el fondo de nosotros mismos;
haz que todos los Cristianos  enganchen esa enfermedad del Amor;
haz que yo me levante por las mañanas con esa fiebre de Amor;
haz que esa fiebre nos haga ver:
Hoy, ¿qué corazones curar? ¿Qué corazones sanar?
¿Cómo demostrarles que son amados?
¿Cómo tenderles la mano?
¿Cómo hacerles partícipes de esta alegría?

Mt. 5,44-48
“Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persiguen, para que seáis dignos hijos de vuestro Padre que está en los cielos, pues Él hace salir todos los días el Sol sobre buenos y malos, y caer la lluvia sobre justos e injustos.
Pues, si amáis sólo a los que os aman,¿qué mérito tendréis?. ¿Acaso no hacen eso también los pecadores? Y si ayudáis sólo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario?. ¿Acaso no hacen los paganos otro tanto?.
Vosotros, pues, sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto.”

A veces tenemos tendencia a hacer dos partes en nuestra vida: está la calurosa y dulce que se vive en familia o en un grupo de oración; y la dura, la que se cree “realista”, en el marco del trabajo y de las actividades... No hay que “dejarse pisar”, sino que hay que saber defenderse...
Un santo dijo: “No hay gente mala, sólo gente infeliz...”
¿ Y si miraras así a la gente que te es hostil o desagradable?. ¿Cuál es su sufrimiento o su inquietud, aquello de lo que no hablan y que les hace endurecerse para defenderse?
No basta con tener paciencia, con soportar a los otros; hay que amarlos para ayudarles a que encuentren ellos mismos la paz y la alegría.   

 

 

Paz

“La palabra PAZ es la que encarna mejor mi compromiso en la “Comunión Alano de Boismenu”.
Después de haber perdido a mi madre, la víspera de Navidad, a pesar de la tristeza y el vacío, brotó y creció en mi interior esta Paz que calma y transforma el dolor que se torna esperanza. Lo viví muy profundamente con el Corazón de Jesús en María.”

Jn. 14,27
“Mi paz os dejo, mi paz os doy. No os la doy como la da el mundo. Que vuestro corazón no tema ni se turbe”.

La paz... Hay en el corazón de cada uno una parte más o menos grande de inquietud: pruebas recientes, incertidumbres futuras, soledad moral, dudas respecto al compromiso en la Iglesia y en el mundo...
¿Y tú?. Podrías orientarte también, por completo, a Jesús, el que dijo:
“Venid a mí, los que andáis cargados y agobiados, que yo os aliviaré”...
(Mt 11, 28-30)

 

 

Aceptar mi debilidad o mi vulnerabilidad

Al comienzo de mi actividad profesional en mi nuevo puesto, la compañera que me introdujo y a la que yo debía sustituir me dijo:
“¡Aquí no se puede demostrar jamás debilidad, si no, estás perdido!”.
Debilidades, pobrezas, yo tuve muchas y durante largos años de trabajo no hablé de ellas y más bien las oculté. Poco a poco, me he dejado aplastar por el peso de esta carga y cuando estaba demasiado preocupada e inquieta, mis compañeros, que no lo podían adivinar, creían que yo estaba enfadada, de mal humor. Lo que en términos profesionales se decía “no funciona”.
Ha hecho falta una enfermedad grave para hacerme comprender que yo era un poco como una vajilla dañada, inutilizable, sin valor, pero que yo llevaba en mí un tesoro inestimable que me ofrecía toda mi dignidad; y que mi debilidad, mis errores, no podía esconderlos, que tenía que aceptarlos, reconocerlos.
Las debilidades, los errores que yo intentaba ocultar, me endurecieron y me volvieron intratable para los demás. Fui la primera en constatar que en el momento en que empecé a reconocer mis límites ante mis compañeros, a hablar de lo que sentía y vivía, de lo que era incapaz de asumir, la relación y la colaboración entre nosotros cambiaron. Ellos se han vuelto más cordiales y se ha comenzado a poderse entender, a amarse.

2 Co. 12,10
“...Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte”

Si reconozco que soy pequeño, si acepto que tengo necesidad del otro, entonces el Señor podrá verdaderamente actuar en mí, y engrandecer mi fe.

 

 

Recibe a María en tu casa

María no formaba parte de mi vida. No me gustaba rezarle. Sin embargo, cuando era niño, en familia, se le rezaba cada tarde una o dos decenas de rosarios. Con quince años, me encomendé a María, como la mayor parte de mis camaradas del pensionado, pero sin entusiasmo.

Treinta años más tarde, muchas cartas de la Fraternidad MSC hablaban de María.

“Recibe a María en tu casa, porque lo que hay en ella viene del Espíritu”.
“He aquí a tu madre, he aquí a tu hijo. A partir de ese día, Juan la recibió en su casa”
Yo no conseguía entrar en el asunto.
Tenía muchas ideas en la cabeza, pero mi corazón no estaba en ello. Queriendo preparar mi marcha al encuentro de la Fraternidad que tenía lugar ese mismo día,  al que al final no acudí, me fui junto al río diciendo: “Señor, yo quiero recibir a tu Madre en mi casa, pero no sé cómo hacerlo. Entonces, si tú quieres que la acoja, es preciso que me la des como se la diste a Juan, porque si no yo no podré”.

Yo fui la primera sorprendida de haber caminado más de una hora con María, que verdaderamente me fue dada ese día. Esta cercanía no ha hecho más que crecer.

Ella se me ha dado como la que es la primera en caminar, la primera en la fe, delante de nosotros, tal como la veo en el icono. Una de nosotros, que marcha delante pero con nosotros, animándonos. La que ha creído y a la que yo recibo en el momento de la duda, en la hora de tomar decisiones, o en la de la fatiga y el sufrimiento... La que me enseña a rezar, pero también la que ha quedado de pie al lado de Jesús en la cruz, y la que queda de pie cerca de mí y de los que sufren. La que aún hoy día recibe todas las gracias que brotan del Corazón de su hijo, para nosotros, y también la que recibe todas nuestras oraciones, nuestros gritos de alegría, de esperanza, de amor o de sufrimiento, para introducirlos en el Corazón abierto de su Hijo.

Doy gracias al Señor por haberla recibido, como los discípulos en el Cenáculo, atrayendo sobre ellos el Espíritu Santo, y con ella  me gusta rezar al Padre para que bendiga a sus hijos.

Juan 19,25-27
Cerca de la cruz de Jesús estaba su madre, la hermana de su madre, María, la mujer de Cleofás, y María Magdalena. Viendo así a su madre y cerca de ella al discípulo que amaba, Jesús dijo a su madre: “Mujer, he aquí a tu hijo”. Y dijo luego al discípulo: “He ahí a tu madre”. Y a partir de ese momento, el discípulo la recibió en su casa.

Para ti, ¿qué es María?.
¿Qué es “tu casa”, la que ella debe habitar para conducirte al corazón de su Hijo?.
¿Qué palabra es la que ella te dice hoy, a lo más profundo de tu corazón?

 

 

Acogida fraterna

Cuando estaba en Africa, en contacto con MSC a los que no conocía de antes, me sentí acogida y amada tal como soy, lo mismo en mis limitaciones y pobrezas que en mis riquezas.

Esto ha sido importante y decisivo para mí, me ha ayudado a aceptarme a mí misma. Y a partir de entonces he comenzado a amar la Iglesia, a sufrir sus pobrezas pero sin criticarlas jamás.

Al regresar, después de cuatro años, he querido reencontrar este ambiente de acogida fraterna con los MSC que viven cerca de mí. Pero lo que se me ha ofrecido ha sido más que un ambiente de acogida, ha sido la fuente misma de este amor, que me ha ayudado a vivir mejor lo que viví en mi vida profesional y personal. Sobretodo he encontrado al Dios que tiene un corazón humano, lleno de ternura y misericordia, que no juzga y que ha venido a buscar a los pobres y los pecadores, herido por nuestras miserias, un corazón atravesado del cual brota la vida, el consuelo y la curación de todos los males de nuestro tiempo.

Este descubrimiento cambia, de entrada, mi visión de mí misma, porque creo que Él me ama no por lo que yo haga de bueno sino por lo que soy, incondicionalmente. Lo cual cambia, también, mi visión de los demás, porque creo que la fuerza del amor y la misericordia de Dios no tiene límites, y que con Él no hay causas perdidas. Esto me ha ayudado a fortalecer, por la oración y la acción, a muchas personas con graves problemas de alcoholismo, ¡“causas perdidas” desde hacía diez o quince años!. Esto me ha ayudado a superar muchos temores y fracasos, y a comprometerme con lo que nunca me comprometí.

Génesis, 18,2-8
“Levantó los ojos y vio a tres hombres delante de él. Al verlos, salió de su tienda corriendo a su encuentro, se postró por tierra y les dijo: “Señor mío, si he encontrado gracia a tus ojos, no pases de largo ante tu siervo. Haré que os traigan un poco de agua para lavaros los pies, mientras reposáis bajo este árbol. Traeré un pedazo de pan para reconfortaros ya que vais muy lejos y os habéis acercado a vuestro siervo”. Y ellos le dijeron: “Hágase como dices”. Abraham regresó a la tienda para decirle a Sara: “¡Pronto!. ¡Toma tres medidas de harina y haz unos panes!”. Y fue al rebaño, a coger un ternero joven, y se lo dio al criado para que lo preparase.”

¿Mi corazón está siempre dispuesto a acoger al otro, disponible, de manera que la fuente que me da vida le resulte visible?
¿Me alegro de conocer a nuevos hermanos?

 

 

Hasta el límite del amor

Llegar hasta el límite del amor es mostrarle a alguien hasta qué punto cuenta para mí. Es permitirle al amado comprender que es importante para el que le ama así, justo hasta el extremo.

Últimamente tuve la oportunidad de vivir esto en el despido de un amigo, padre de tres hijos. Encontré injusto este despido, y sobretodo la manera en que aconteció, sublevante, injusta del todo.

Superado el primer momento, mi primer paso ha sido un acto de ofrenda de todo este sufrimiento y de lo que yo personalmente viví: yo estaba entonces en un hospital para operarme. Recé por las intenciones de esta familia, pero también por las de los responsables del despido. Deposité también en el Corazón de Cristo mi propia cólera y rebeldía. Recé con frecuencia a Nuestra Señora del Sagrado Corazón. De hecho, estaba encolerizada contra las personas pero también a causa de mi incapacidad para restablecer lo que consideraba injusto. Mis sentimientos se repartían entre la cólera y la rebeldía. Quería continuar creyendo en la benevolencia de Dios atendiendo nuestras  situaciones de  angustia, de conflicto, y que todo sucede para bien de los que aman a Dios. Quería, pues, creer que esta situación, aparentemente negativa, podía ser una nueva puerta abierta a la obra de Dios en la vida de esta familia. Reencontré así la paz y la confianza.

Tuve la ocasión de manifestar a uno de los protagonistas del despido mi indignación contra lo que yo consideraba injusto, y él lo tuvo en cuenta. Hice todo lo que pude para ayudar a la persona, ayudarle a mantener la esperanza hasta el límite. Rezamos juntos. Estaba claro para mí que permanecer en la rebeldía y la cólera habría sido un callejón sin salida, y que dar confianza era abrir una puerta a la acción de Dios en nuestras vidas. Le permite hacer con nosotros cosas aún más bellas.

Dos meses más tarde, este hombre encontró un trabajo más apropiado a sus condiciones y a las necesidades de su familia.

Gracias, Señor, por hacernos progresar en la confianza y el amor.

Juan 20,21-23
“La paz esté con vosotros. Como el Padre me ha enviado, así os envío yo a vosotros”. En diciendo esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo; a los que perdonéis los pecados les quedarán perdonados. A los que se los retengáis les quedarán retenidos”.

¿Estoy dispuesto a servir a este Dios que me confía una tal misión, que me pide, hoy más que nunca, ser constructor de la Paz?.

 

 

“Estuve en la cárcel y me visitasteis”

El primer día que entré en la cárcelno lo olvidaré nunca. Me movía entre el nerviosismo de lo desconocido y la preocupación por lo que desde fuera conocía de la prisión.
Llevaba el corazón lleno de inquietudes y un gran deseo de conocer a los presos con los que compartiría una tarde a la semana. Nos hablan informado de que íbamos a tratar con drogadictos en fase de recuperación, que tenían delitos de robo y atraco a mano armada, nos dieron unas normas para movemos por la cárcel y algunos avisos sobre posibles comportamientos de los reclusos.
La cárcel es fría, austera, incómoda...inhumana. Con corredores larguísimos donde a tu espalda se van cerrando enormes puertas de hierro y de corredera con un ruido muy particular. Con grandes patios cementados como únicos espacios de libertad, cerrados por muros muy altos y alambrados. Eso que todos hemos visto muy bien reflejado en el cine, hecho realidad.
Pero mis fantasmas y miedos desaparecieron en el momento en que, delante de mí, tuve a un grupo de personas que no vi como presos ni delincuentes, ni siquiera drogadictos, sino como hijos de Dios, como yo, que por unas circunstancias especiales (¿culpables?) están viviendo una vida también especial, en la que llevan pegada a la piel toda una historia de sufrimiento. Al poco rato de estar con ellos me di cuenta de que más allá de su mirada había un corazón suplicante y deseoso de ser comprendido y amado. Desde ese momento me sentí cómoda y bien, tranquila. El intentar vivir la Espiritualidad de Corazón me ayuda a traspasar las apariencias y quedarme con la esencia del ser humano, donde somos parecidos y con necesidades semejantes porque todos somos habitados por un mismo Dios.

Ahora que ya llevo unos meses con esta actividad, puedo valorar que no hago grandes cosas. Tan sólo me acerco a ellos con amor ya través del Análisis Transaccional que me enseñaron en la Comunidad Seglar, y favoreciendo la comunicación, intentamos que den salida a esa necesidad tan vital para el ser humano de sentirse persona y libre aunque sea dentro de una cárcel, y que exterioricen un mundo interior que la mayoría de las veces está llena de sufrimiento. Son personas que, como todos, se debaten entre lo que son y lo que quieren ser y que su vida ha favorecido más lo primero.
Nos valoran, aprecian y se preocupan por nosotras. Nos consideran el eslabón entre la prisión y el exterior y les ayudamos a mantener la esperanza de fue existe otro mundo que piensa en ellos y les espera.
No sé lo que yo puedo aportarles, pero ellos me han enriquecido humanamente y me han dado la oportunidad de hacer realidad la frase del Evangelio "Estuve en la cárcel y me visitasteis" (Mt.25,36).
Como persona creyente en Jesús, esta experiencia me hace sentir la utopía del Evangelio y, por un lado, mantener la esperanza de que en la sociedad del nuevo siglo se de paso a la justicia y se encuentren alternativas más humanas y más útiles para estas circunstancias y por otro lado, la impotencia de ver que en la cárcel, en su mayoría están los pobres, los empobrecidos y los excluidos de la sociedad Los que las circunstancias no le han ayudado a poder elegir.
Me cuesta ver la presencia de Dios entre tanto cemento, entre tanto fracaso y sufrimiento. Me cuesta reconocer que el Dios de la cárcel sea el mismo que el Dios del Reino.

Mt.26,34 ss.
Entonces el rey dirá a los de un lado: “Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; era forastero y me alojasteis; estaba desnudo y me vestisteis; enfermo y me visitasteis; en la cárcel y fuisteis a verme”.

¿Valoro a las personas sin fijarme en su apariencia?.
¿En qué medida comprometo mi vida con los rechazados por la sociedad?.
¿Veo realmente “hermanos” en los demás?