Jesús sentado en medio de los doctores:
"Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón"
¿Qué vemos? La sabiduría increada, la luz eterna que ilumina a todo hombre que viene a este mundo, la Ciencia infinita de donde brota toda ciencia, que se sienta en medio de los Doctores, pues Jesús es todo esto: sentado en medio de los Doctores. ¡Qué profunda humildad!, ¡cómo confunde nuestro orgullo! Cuántas veces buscamos que brille nuestro ingenio, y desperdiciar vanamente los talentos que Dios nos ha dado; cuántas veces mostramos nuestra suficiencia en las relaciones con el prójimo, incluso en nuestras funciones santas, olvidando que Dios detesta el orgullo y que la humildad es el sello de la verdadera ciencia. Pidamos esta virtud al Corazón de Jesús, que es su fuente.” (Meditaciones, vol.1 p. 147-148)
A través de Jesús, Dios ha iniciado
un diálogo con los hombres. Dios no nos ama en la distancia: en Jesús se aproxima
a cada uno de nosotros. A ejemplo de Jesús, cada uno de nosotros está invitado
a vivir un diálogo fraterno, efusivo con los que nos son cercanos. Sin embargo,
a veces nuestras palabras no tienen pies ni cabeza, nuestros comentarios son
duros e hirientes, y nuestra principal preocupación es el reafirmar nuestra
opinión. Jesús nos enseña el respeto, la ternura y la dulzura.
Vamos a tomar del Corazón mismo de Jesús la humildad que permite el encuentro
y la dulzura, que construye la paz en la verdad.
Dios es nuestro Padre
"Cuando recéis, decid: Padre Nuestro..."
Formamos todos parte de la gran familia
humana: una misma sangre corre por nuestras venas, ya que descendemos todos
de Adán. Teniendo el mismo origen, todos somos pues hermanos; y, cosa maravillosa,
Jesucristo, el Hijo de María, es también nuestro hermano. Siendo Dios nuestro
Padre común, no sólo podemos sino que debemos llamarle "Padre nuestro".
De esta manera expresamos la solidaridad que existe entre nosotros, y la reversibilidad
de los méritos de cada uno sobre los demás. Unidos por lazos tan estrechos,
tan numerosos, tan sagrados, ¿cómo podemos no amarnos, no apoyarnos ni ayudarnos
entre nosotros?. Sarmientos de la Cepa que es Jesús, y de la cual el Espíritu
Santo es la savia fecunda; miembros de este gran Cuerpo Místico del que el Salvador
es la cabeza y el corazón, en Él, todo es común entre todos nosotros. ¡Qué gloria!,
¡qué honor!, ¡qué privilegio!. ¿Es lo que pensamos cuando decimos "¡Padre
Nuestro!"?. (Meditaciones, vol.1 p. 598-599)
Ser hombre, ser mujer, no es algo
pequeño. Todos somos hermanos y hermanas, llamados a la felicidad y a la Vida.
Con Jesús, que ha tomado cuerpo y corazón, entramos en esta inmensa cadena de
solidaridad que nos conduce al Padre, a nuestro Padre; y nadie puede quedar
excluido.
Como dice la canción: no se es cristiano solo, no se es cristiano sin los demás...
Vamos a quitarnos la sed a la Fuente surgida del Corazón traspasado, y no
tengamos miedo de testimoniar este amor que hace vivir y crecer.
Jesucristo es el Buen Pastor
"Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida"
Jesucristo
ama a sus ovejas. Las ama con amor eterno. Viéndolas errar sin guía por los
senderos espinosos de la vida, se conmueve su Corazón: Él ha bajado del Cielo
para conducirlas y se ha declarado su pastor. Agrupándolas
bajo su cayado, ha inscrito su nombre en el Libro de la Vida. Las conoce de
una manera solícita, pero es con la condición de que ellas también le reconozcan
como su único guía y maestro, le sigan a donde vaya y escuchen su voz.
Para escapar de la ruina, pongámonos sin tardanza bajo el cuidado del Buen Pastor...
Jesús colma de bienes a sus ovejas. No sólo les da sus luces y gracias, sino
que les alimenta... ¡y con qué alimento!. ¡Su propia esencia! Les da en la Eucaristía
su sangre como bebida y su carne como comida. ¿Qué más puede hacer este pastor
divino por sus ovejas?.
Pero no es eso todo: después de haberlas sacado del peligro, repletas de todas
las señales de un amor indecible, alimentadas con su propia carne, les da garantías
de que no perecerán jamás y de que Él les dará la Vida eterna. ¿Cómo no agradecer a este adorable Salvador
tanta bondad?.”
En la contemplación del Sagrado
Corazón, Julio Chevalier ha conocido este impulso de reconocimiento: devolver
gracias, darse todo entero y para siempre, dar más que él mismo: fundar
una Congregación masculina, otra femenina, una Tercera Orden... para que siempre
y en todas partes sea conocido y amado el Sagrado Corazón de Jesús.
Devolver gracias, también hoy, sea cual fuere nuestro estado de vida, en lo
cotidianeidad de nuestras jornadas: una sonrisa ofrecida o devuelta, un apretón
de manos, un primer paso que a veces cuesta, una palabrita... todos estos pequeños
signos que nos mantienen vivos.
La Creación, Palabra de Dios
"Hasta vuestros cabellos están contados"
Dios no odia nada de lo que hace, pues ha creado todo por amor. Siendo el átomo algo inexistente Él lo ha amado, como al ángel, con un amor eterno. ¿Cómo iba a odiarlo después de haberlo creado?. La aniquilación sería el odio por excelencia, el odio que suprime. Este átomo, por lo demás, es una palabra de Dios, palabra escrita, y sí tuviéramos unos microscopios suficientemente potentes como para estudiar sus profundidades, ¡cuántas cosas nos dirían!. ¿Y borraría Dios esta palabra?, ¿por qué?. Que yo borre una palabra como inútil o inexacta, se comprende, pero Dios, ¡no!. No, Dios no tiene nada que borrar: lo que dice está bien dicho, y está dicho para la eternidad. El átomo existe por Cristo, al igual que los soles y los ángeles, y por muy distantes que pudieran ser estas relaciones desconocidas, bastarían para proteger al átomo de su aniquilación. ¿Acaso no ama nuestro corazón todo lo concerniente a los que ama?. ¿Qué es si no el Amor en Dios, dado que tal es el Amor en nosotros?. No tengas miedo, humilde átomo, imperceptible grano de polvo, sobre esos bordes del abismo donde Dios te ha dejado, ¡no temas!. Por muy cercano que tengas el abismo sin fondo, tú no caerás jamás: tú estás con Cristo, y todo lo que es de Cristo no muere nunca.
Dios es Amor y no puede dar más que Amor. Cada uno de nosotros es un “te amo” surgido del Corazón de Dios. En su impulso de amor, Dios nos ofrece a cada criatura para que la amemos y la respetemos, pero desgraciadamente nuestro corazón está la mayoría de las veces demasiado sujeto a las apariencias. Llegamos a tasar nuestro amor, cuando el Amor de Dios es infinito. Creados a imagen y semejanza de nuestro hermano Jesús, nosotros somos solidarios con Él, solidarios con todos los pobres, todos los excluídos, todos los pequeños... Contemplando el Corazón de Cristo, podríamos crecer en este Amor que no tiene límites y ser en la tierra el Corazón de Dios.
Todo ha sido creado con una palabra de Dios
"El Verbo se ha hecho carne y ha habitado entre nosotros"
Toda criatura es una mirada abierta al infinito. Mira tú a través: es en el infinito donde se sumerge tu mirada, campo sin límite de la luz y de la verdad. Todo sirve de puerta para entrar en ese campo, lo mismo un grano de arena que un sol ó un ángel. Pero, por pequeña que sea esa puerta, no pensemos que es poco el infinito que ella nos abre: todo lo creado es una palabra de Dios. He aquí pues, el sentido general y común de toda criatura. Dios, Él solo, puede comprenderse a sí mismo en toda su extensión. Coge una palabra de la Biblia. Si Dios te ilumina, esta palabra meditada se te manifestará como un mundo. Cuanto más sondees las profundidades, más inmensas te parecerán. Así hacían los santos Padres, ¡y cuántas riquezas han sacado de estas minas inagotables!. Ocurre lo mismo con todas las criaturas, tanto más cuanto que Dios, cuando Él crea, habla como Dios. En la Biblia, habla un lenguaje humano. Ahora bien, si Él pone en una palabra humana profundidades inmensas, cuanto más en esas palabras divinas que llamamos criaturas. No tengamos, pues, miedo. Esa laxitud que nos persigue aquí abajo y nos aguarda en todas partes, no es producto del cielo, nadie la conoce allí. La última de las criaturas será, como Dios, un espectáculo siempre nuevo, un libro sin fin, haciéndonos en cada página nuevas revelaciones.
(El Sagrado Corazón de Jesús, pg. 329)
En
Jesús y por Jesús tenemos acceso al Padre. Estamos unidos al Padre, y por tanto
abiertos al infinito, a la eternidad.
Ver, recibir al otro como un regalo de Dios, con agradecimiento, respetando
su misterio, reencontrarle como una persona con la que yo puedo mantener un
diálogo verdadero y constructivo, como Jesús lo hizo con Simón, Juan, Maria...
todo esto es el trabajo del Espíritu en nosotros; el verle como un ser infinito,
que puede revelarnos si novedad a cada instante.
Haciéndose hombre, Dios nos ha dicho que el hombre puede hacerse Dios.
El Corazón de Jesús, Centro en el que todo converge
"Vi un cielo nuevo y una tierra nueva"
El Verbo que surge del Corazón
de su Padre, hace que surja el mundo de la nada, y del Corazón del Verbo encarnado,
atravesado en el Calvario, veo surgir un mundo nuevo: es el mundo de los
elegidos. Y esa creación, llena de grandeza y de fecundidad, inspirada por el
amor y la misericordia, es la Iglesia, cuerpo místico de Cristo, que la perpetuará
sobre la tierra, hasta la consumación de los tiempos, y vivirá de su vida divina
durante toda la eternidad. (...)
Ese mundo de los elegidos tiene que tener también su sol para iluminarlo y vivificarlo,
su océano para fertilizarlo, sus tesoros para enriquecerlo, su rey para que
le gobierne... ¡y eso será justamente el Corazón de Jesús!.
El mundo nuevo... ¿una utopia?, ¿un
sueño?, ¿una realidad?
El creyente es
un realista, que tiene la mirada en lo alto, pero los pies y las manos en movimiento
sobre esta tierra.
Según esto, el mundo nuevo no sería sino esa inmensa y maravillosa obra a escala
humana en la que se anuncia: "¡Se contrata!"...
Del Corazón de Cristo vamos a sacar las fuerzas necesarias para ser los obreros
audaces y valientes del mundo nuevo que está a punto de nacer hoy mismo.